Ita Ius Esto - Revista de Derecho integrada por alumnos de la Universidad de Piura

El Testamento del Inca Garcilaso de la Vega: Primer humanista peruano

Por: Rosario de la Fuente

El  2009 ha sido el año de la celebración de los 400 años de la publicación -en Lisboa- de los Comentarios reales del Inca Garcilaso de la Vega, y en muchas universidades -europeas y americanas-, o en otros foros culturales, se han dedicado Congresos, Jornadas y ciclos de conferencias con objeto de recordarla. La Universidad de Piura realizó unas Jornadas los días 12 al 14 de noviembre y nosotros como profesores e investigadores,  hicimos nuestro reconocimiento al primer humanista peruano, al primer mestizo espiritual de América, a un hombre del Renacimiento, que alternó con Luis de Góngora y con Miguel de Cervantes Saavedra. Como advierte Riva Agüero, en su ensayo “Elogio de Garcilaso” era íntima y profundamente clásico, por la mesura y el delicado equilibrio, era un hombre moderno, de su época y su radiante siglo, este mestizo del Perú, con “cualidades de finura y de templanza, sensibilidad vivaz, tierna pero discreta, elegante parquedad, blanda ironía y dicción llana, limpia y donosa”.

El descubrimiento del testamento del Inca Garcilaso me fascinó y decidí comentarlo, en este importante aniversario, al encontrar en él  diversas figuras e instituciones jurídicas que no eran nuevas para mí, y que guardaban una semejanza estructural con los testamentos de la época, lo que se refleja en los formularios notariales que se empleaban. Me propuse ofrecer un panorama de las mismas, desde el punto de vista histórico y jurídico sobre la base del entronque romanistico. Desde el derecho romano tardío se utilizaban las figuras del legado, del fideicomiso para dar lugar a una pia causa, pero el resultado -la fundación- no se confundía con el medio empleado para alcanzarlo.

El documento examinado en las mencionadas Jornadas fue el testamento y los codicilos que el inca Garcilaso de la Vega, hombre de fe y de profunda religiosidad,  otorga el 18 de abril de 1616, en contemplación de su muerte ocurrida unos días más tarde, el 23 de abril, o como diría Riva Agüero “en el atardecer de su vida y en el retiro de Córdoba”. El testamento y los codicilos fueron encontrados por el archivero D. Ricardo Gómez y Sánchez en el archivo de protocolos de la Catedral de Córdoba, junto al inventario de los bienes y un memorial, siendo publicados hace ya más de un siglo, en 1908,  por Manuel González de la Rosa, y que yo sepa no ha habido un estudio especial que los contemple desde el punto de vista jurídico.

Entre los diferentes tipos de testamento, Garcilaso elige el llamado nuncupativo o abierto, que fue el utilizado comunmente, otorgado ante el escribano Don Gonzalo Fernández de Córdoba y las personas presentes al acto, en donde manifiesta a viva voz sus disposiciones, las mandas, la designación de heredero, y que el escribano recoge por escrito para su conservación. Para su validez, se requería la presencia de por lo menos tres testigos vecinos del lugar, que según las Partidas debían ser llamados y rogados. Garcilaso no pudo firmar debido a su enfermedad el testamento ni los codicilos. Pero el hecho de que firmaran solo dos testigos, y otros dos que estuvieron presentes pero sin firma, nos lleva a pensar que el escribano calificó al testamento como un testamento ad pias causas, porque fue hecho a favor de las obras pías como iglesias, dotación de huérfanas, etc.

La figura de las piae causae nace en el  Derecho romano justinianeo, y se mantuvo en vigor hasta finales del siglo IX con la promulgación de los Libri Basilicorum. La pujante realidad de estas instituciones en el siglo VI representan el cauce jurídico ordinario seguido por la generosidad privada para cualquier actuación caritativa, que rodea de privilegios a las donaciones, herencias, legados y fideicomisos cuya causa estriba en el auxilio de gente necesitada, para la redención de cautivos, y en definitva para el “negocio” de la salvación del alma.

Garcilaso mira la muerte con perspectiva cristiana, marcado por una visión religiosa del mundo: “ Sepan cuantos esta carta-testamento bieren como yo (…) estando enfermo del cuerpo e sano de la boluntad en mi buen seso juizio memoria y entendimiento natural tal cual dios nuestro señor fue serbido de me dar creyendo como verdaderamente creo en el misterio de la santísima trinidad padre hijo y espíritu santo (…) hago y ordeno este mi testamento mostrando por él mi postrer boluntad, por ende, otorgo que hago y ordeno este mi testamento a onor e rreverenzia de dios nuestro señor y de la gloriosa siempre virgen maría a la cual suplico sea intercesora con nuestro señor Jesucristo (…) perdone mi anima e la llebe consigo a su santa gloria de paraiso para donde fue criada e mi cuerpo mando a la tierra de donde fue formado”.

Dispone que su entierro sea llano y sin pompa alguna, en la capilla adquirida en la Iglesia Catedral, que se hallaba bajo la advocación de las Benditas ánimas del Purgatorio. El culto a las ánimas del Purgatorio se desarrolló a partir del Concilio de Florencia (año 1439), alcanzando un gran desarrollo en los siglos XVI y XVII. Fueron muy frecuentes las Iglesias con altares dedicados a ellas e incluso capillas donde se establecían las cofradías de las ánimas Benditas del Purgatorio.

Como no tuvo herederos forzosos, prevalece la libertad de testar, sin que tenga que respetar la legítima de los descendientes y de los ascendientes legítimos. Deja varias mandas o legados píos con la carga de mandar celebrar las misas indicadas en la iglesia y capillas designadas: “mando que digan por mi anima las misas de la luz rezadas en la iglesia e monasterio que pareciere a mis albaceas y se de la limosna” o “mando que se digan por las animas de mis padres ya difuntos y de las personas a quien puedo tener algún “cargo de conzienzia  por todo ellos se digan trezientas misas rezadas en las iglesias e monasterios que pareziese a mis albaceas y se de la limosna”.

Aunque los historiadores, como Aurelio Miro Quesada,  le reprochan o les extraña que no haya referido el nombre de la madre, considero que ha estado presente en el testamento al haber dispuesto que se “digan misas por las animas de mis padres ya  difuntos”.

Se ha dado a conocer que tuvo un hijo natural, Diego de Vargas, que probablemente naciera en el año 1588, pero no fue reconocido en el testamento, como era lo habitual en la época, en los siglos posteriores, y en la actualidad.

Refiere que a Beatriz Vega “mi criada” y a Diego de Vargas “que yo he criado” se les haga un legado de renta vitalicia de ochenta ducados a cada uno, por año, “durante los días e años de su vida” y añade que les den a ambos otros 80 ducados “después de los días de la vida (…) para que disponga de ellos lo que quisere a su boluntad”.

Garcilaso ha dispuesto que sea la misma cantidad, ochenta ducados, para cada uno, pero es muy interesante la previsión de que Beatriz Vega fallezca antes que su hijo Diego, y para ese supuesto establece un nuevo legado de alimentos para que sea el hijo el que se beneficie con los ochenta ducados que pertenecían a la madre, ya que éstos hubieran tenido que regresar al caudal hereditario. Como al legado de renta vitalicia se le suma el nuevo legado de alimentos presumo que, efectivamente, el testador podía “tener algún cargo de conziencia” y de este modo, los ochenta ducados auxiliarían a su manutención, entendiendo como “alimentos”,  la comida, la bebida, el vestido, el calzado, la vivienda, “de todas las otras cosas que les fuere menester, sin las cuales non pueden los omes bivir”.

Después del legado para el hijo Diego de Vargas, dispone un legado de libertad hacia la esclava Marina de Córdoba, para que “después de mis días quede libre y (…) pueda estar e parezer en juicio y hacer contratos e testamentos y mandar sus bienes libremente a quien quisiere y por bien tuviere y hacer todo aquello que toda persona libre puede y debe hacer (…) que le den 50 ducados de renta cada año”. Se trata de un legado remuneratorio anual, “en pago e remunerazion de los buenos serbizios que me a fecho”, bastante frecuente en esta época, y añadirá otros 50 ducados “después que la dicha Marina de Córdoba sea fasllecida para (…) que haga dello lo que quisiere”.

Por las investigaciones del historiador Garramiola Prieto hemos conocido que Garcilaso tuvo un hijo, Alonso, con la morisca Marina de Córdova, dato que se consigna en uno de sus escritos al presentar el facsimil de partida bautismal de Alonso, fechada el  27 de marzo de 1570.

Los bienes del Inca consistían en censos impuestos sobre bienes del Marqués de Priego y como hacienda propia declara que tiene dos censos impuestos sobre esos bienes de 7,200 y 2,800 ducados, otro de 680 ducados de principal sobre fincas rústicas y urbanas del boticario Juan Abarca de Paniagua, y otro de 6,000 reales colocados en bienes del presbítero licenciado Antón García de Pineda, además de “otros censos menudos”. El censo era un contrato con el cual se adquiría el derecho de percibir una pensión anual, mediante la entrega de alguna cosa, como podía ser una propiedad.

Al no tener herederos forzosos, ya lo hemos dicho, Garcilaso puede disponer de todos sus bienes como quiera y manifiesta su voluntad de establecer una capellanía laical, o llamada también memoria de misas, un vínculo fundado con la carga de mandar celebrar las misas indicadas en la Iglesia catedral de Córdoba y en la Capilla dedicada a las Benditas Ánimas del Purgatorio, y en las otras Iglesias que pareciera bien a los albaceas.

Su deseo era que “para mayor bien de las Almas del Purgatorio que se digan mas misas y que esta mi memoria y obra pía no baya en ningún tiempo en disminuzion (…) y quiero que siempre aya la misma renta sin disminuzión en el principal della”.

Garcilaso no quiere que la fundación de la Capellanía sea colativa “ni lo pueda ser en ningún tiempo, sino que los señores patronos que fueren desta memoria y coleturia la puedan dar y den cada año a el que mejor la sirbiere y más virtuoso fuere y el tal sacristán que así fuere nonvrado se le entregue por el señor bisitador toda la plata y ornamentos y las demás halajas y cosas que ubiere en la dicha capilla todo ello por ynbentario y antes que se le entrega el tal sacristán que así se nombrare por los dichos señores mis patronos sea obligado de dar fianzas legas llanas y abonadasa contento del dicho señor bisitador y señores patronos y ante escribano público y con ello se le entregue los dichos bienes y no de otra manera ”.

Se llama Capellanía colativa a la que ha sido instituida con autoridad eclesiástica a fin de que sirva de título para ordenarse, pero la establecida por Garcilaso fue laical, por lo que la voluntad del fundador es la regla que debe seguirse. Es su deseo que el sacristán de la Capilla tenga los ornamentos muy limpios y “bien aderezado el altar y los días mas solemnes ha de sacar y poner los ornamentos más ricos (…) y ha de tener aderezada la lámpara de manera que (…) se compre seis arrobas de aceite cada año para que perpetuamente para siempre jamás arda de día y de noche (…).

Una vez dispuestos las mandas o legados, Garcilaso designa como heredera universal “a la dicha capilla y obra pía de misas”, y en el remanente instituye como heredera a su alma: “el rremanente que quedare y ffincare de todos mis vienes raizes e muebles títulos derechos e aziones lo que así fuere y es mi voluntad que lo aya y erede mi anima e las animas del purgatorio en dicha mi capilla (…)”.

La herencia dejada al alma puede entenderse como un pretexto para hacer obras de caridad luego de la muerte del testador. Garcilaso deja al alma como heredera en lo que quede de los bienes, en una parte de ellos, con la finalidad de su inversión en misas o sufragios. Dispone que esos bienes sean vendidos y sus rentas se  destinen a la celebración de misas en forma de novenarios, etc.

En definitiva, la figura de la herencia a favor del alma podemos encuadrarla en la de los legados o fideicomisos, condicionados a que, en tal tiempo o a perpetuidad, se celebren tantas misas por el bien de la propia alma del testador, de la de sus padres y en última instancia por el bien de todas las almas del purgatorio. Ya en Las Partidas se regulaba que el alma podía ser nominalmente declarada heredera, y será una constante en la previsión de los testamentos, en los siglos posteriores, introducir esta cláusula tanto en España como en Iberoamérica, y en concreto en el Perú.

Por último nombra a los albaceas testamentarios y ejecutores a D. Francisco del Corral, caballero de la Orden de Santiago, al licenciado Andrés Vonilla, y a Miguel Herrera, vecinos de Córdoba.

Del 19 al 22 de abril dispuso su voluntad en cuatro codicilos, unas escrituras accesorias al testamento. Encontramos unas instrucciones particulares de última voluntad, principalmente para aumentar los legados, insistir en algunas de las disposiciones testamentarias, o enmendar algunos olvidos. Al igual que el testamento, los cuatro codicilos son también nuncupativos o abiertos, y en ellos tampoco podrá firmar a causa de la enfermedad. En el tercer codicilo, del 21 de abril, manifiesta su voluntad de que a Beatriz de Vega se le deje además de los ducados previstos, buena parte del menaje de la casa: sartenes, calderos, cazos, asadores, tinajas, ollas, sábanas, colchones y almohadas.

 Hemos recorrido el testamento del Inca Garcilaso de la Vega, donde ha quedado recogida una voluntad bien decidida, custodiada y vigilada por sus patronos, a lo largo de estos tres siglos. Prueba de ello es el hecho de que los restos del Inca pudieran ser trasladados a su Cusco natal en 1978, en un viaje que hizo al Perú el Rey D. Juan Carlos I de España, previo voto del Cabildo, en el año 1949,  como depositario jurídico de los restos y de la voluntad del Inca, pues todo había de pasar “por lo que el Dean e Cabildo dijere, hordenare y determinare”. Durante estos cuatro siglos se ha cumplido lo que dice el aforismo latino, voluntas testatoris mandatum dicitur, la voluntad del testador sea tenida por mandato.
Rosario de la Fuente y Hontañón es Doctora en Derecho por la Universidad de Cantabria. Santander. España. Sobresaliente cum laude por unanimidad. Revalida del Título de Licenciado en Derecho, en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (1980). Licenciada en Derecho en la Facultad de San Sebastián. Universidad de Valladolid (1975-1977). Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Navarra (1972-1975). Educación en la Facultad de Ciencias de la Educación en la Universidad de Piura. Especialidad Historia y Ciencias Sociales (1993). Profesora principal de Derecho romano y Derecho civil de la Universidad de Piura.

 

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