Cuestiones acerca de la aplicación del Plan Bolonia. Una perspectiva desde los sujetos llamados a implementarlo; ¿Significa verdaderamente un desarrollo de la calidad de enseñanza y formación? Entrevista al profesor Francisco Cuena Boy

Por: Valeria Caparó y Rafael Santín

Francisco Cuena  Boy es Catedrático de Derecho romano de la Universidad de Cantabria desde 1994. Con anterioridad ha sido profesor titular en la Universidad de Valladolid, donde se doctoró en el año 1984, y catedrático en la Universidad de Extremadura. Sus intereses como investigador se refieren principalmente al derecho romano histórico, tanto público como privado, sin desdeñar algunas intervenciones puntuales sobre cuestiones metodológicas propias de su materia. Desde hace unos quince años dedica parte de sus esfuerzos al estudio de la tradición jurídica romanística, especialmente en la de América española. Cerca de ochenta publicaciones en las áreas mencionadas incluyen monografías, varias decenas de artículos en revistas españolas y extranjeras y en libros colectivos de distinto carácter, cuatro prólogos y una veintena de reseñas y recensiones.

Es miembro de la Asociación Iberoamericana de Derecho Romano y del Instituto Internacional de Historia del Derecho Indiano y pertenece a los consejos científicos o de dirección de las siguientes revista: Seminarios Complutenses de Derecho Romano, Revista General de Derecho Romano, Anuario da Faculdade de Direito da Universidade da Coruña y Revista de Derecho de la Universidad de Piura (Perú).

Como usted tiene considerable tiempo en el ejercicio de la labor académica en la universidad pública, consideramos en esta entrevista hablar del plan Bolonia ya que usted lo ha vivido de cerca, por lo cual es una voz autorizada.

Supongo que sí, en la medida que lo he vivido y lo estoy viviendo.

Repasando un poco los antecedentes del Plan Bolonia encontramos la firma de la Carta Magna de universidades por parte de rectores de universidades europeas y diez años después, la Declaración de Sorbona en una reunión de ministros de educación de cuatro países europeos (Alemania, Italia, Francia y Reino Unido). Un año después, 29 ministros de educación europeos firman la Declaración de Bolonia, que da el nombre al proceso y en el que se basan los fundamentos del Espacio Europeo de Educación Superior (EEES), que estará finalizado en el año 2010. Es así que se puede observar que la declaración de Bolonia fue en el año 1999 y nos encontramos en el año 2012, ¿usted cree que algunos de los cambios resultaron predecibles?  

Los cambios que se han producido en España  si resultaron predecibles. No obstante, el plan Bolonia es una medida inconcreta, no tiene ningún contenido definido, sólo un conjunto de aspiraciones. Básicamente, dos de las principales son: la creación de un espacio europeo de educación superior dentro del cual los estudiantes y los profesores se puedan mover con facilidad, y lograr que el nivel dentro de las universidades europeas se eleve para que el mercado de universidades sea muy competitivo, como las universidades estadounidenses, y por tanto puedan atraer a muchos más estudiantes extranjeros de lo que antes atraían; esas son las dos aspiraciones fundamentales, pero por lo demás no impone ninguna organización determinada a las enseñanzas, ni un determinado plan de estudios, metodología pedagógica, nada. Más aún, es un simple acuerdo entre gobiernos y por lo tanto no ha generado obligaciones.

Entonces básicamente el plan Bolonia se resumiría en un conjunto de aspiraciones. ¿Dentro de ese conjunto de aspiraciones, en concreto, cuáles son los cambios más notorios del plan Bolonia?

El cambio más notorio es la modificación de la estructura de las carreras. En España teníamos fundamentalmente licenciatura y diplomaturas, la carrera de derecho duraba  5 años y si querían hacer otra especialización duraba 1 año más. Eso ha cambiado y ha cambiado para todas las carreras, menos para medicina. Ahora todas las carreras se realizan en un primer ciclo que se llama “grado”, luego un máster y por último, el doctorado. El grado dura  4 años; sin embargo, estos años de estudio solo te habilitan para ser titular de una profesión, por lo que se requiere el máster  que puede durar un año y medio o  dos, lo cual te habilita para el ejercicio de funciones superiores.

Valeria: Durante el tiempo que estuve en España pude notar de cerca algunas opiniones sobre el plan Bolonia. A simple vista uno puede notar una buena estructura y metas muy favorables para los alumnos; sin embargo, despierta mucha perspicacia y cierto rechazo hacia ella. 

Claramente existe un rechazo. Ese rechazo por parte de los alumnos es por el empobrecimiento formativo que supone el plan Bolonia y entre los profesores, el 95%. Antes que se dé el plan Bolonia se da un manifiesto que se llamó “salvemos el Derecho de Bolonia” y de manera online la gente apoyaba esto,  mas de mil profesores de derecho se unieron la causa, pero curiosamente no tuvo ninguna repercusión pública.

Y vuelvo a decir que Bolonia no tiene ningún contenido completo ni genera obligaciones específicas. Por lo tanto, Bolonia es una de las maneras que se podía implantar, a mí me parece arbitraria. Bolonia parece una manera revolucionaria de imponerte una metodología de enseñanza, y también, de manera uniforme, para todo tipo de carreras y materias, daría lo mismo si se tratara de Derecho Romano que Derecho Procesal, a mí eso me parece una locura.

Además, los grados en los nuevos planes de estudio con exigencia legal han de reservar cierto número de créditos que creo que son 60 de 240 a materias llamadas transversales; dejando  a un estudiante, por ejemplo, que empieza derecho y quiere cambiarse de carrera, trasladarse de facultad llevando consigo sus 60 créditos; me parece un disparate.

Además, se afirma que los másteres no serán más caros puesto que el proceso de homogenización de la educación involucra el hecho de que estos estudios cuenten con un precio público, esto es financiado en gran medida por la administración educativa. ¿Sucede realmente?

España concede varias becas. Todas las universidades públicas van a dar más o menos los mismos másteres, y una de las ideas de Bolonia es eso de la competitividad; y las universidades públicas son un servicio público, por ello a mí parecer no tiene mucho sentido que los servicios públicos se pongan a competir entre sí. Esto va a tener predeciblemente una consecuencia y es que van a ver másteres ofrecidos por universidades privadas mucho más caros que van a ser los que marquen la diferencia.

Usted habla también un poco sobre el empobrecimiento en la carrera de Derecho que esto suponía. ¿Qué tan difícil sería –bajo las bases del plan Bolonia– poder realizar un trabajo de esta índole? Y sobre el potsgrado, considerando que es maestro de una de nuestras profesoras y que dirigió su tesis doctoral, ¿cómo considera que las condiciones para un trabajo de ese nivel se han visto afectadas por el cambio introducido por el plan Bolonia?

Bueno lógicamente una persona que haya cursado la carrera de derecho de acuerdo con este nuevo plan al final de ella, incluso aunque haya sido un buen estudiante, tendrá un bagaje formativo distinto del que se conseguía con anterioridad, por ejemplo, hasta hace algunos cursos, tenía una asignatura anual con cuatro horas de clases semanales, con doce créditos, en las cuales yo decidía si esas horas las dedicaba a teoría o práctica, y teníamos autonomía docente e investigadora; ahora dispongo de seis créditos, es decir, la mitad, en una materia que sigue siendo la misma del Derecho Romano y ahora teniendo la mitad, siendo todo Derecho Romano. Eso ya me plantea un primer problema de qué hago y cómo lo hago, más aún de las sesenta horas de clase que yo doy ahora; fíjense ustedes es un disparate porque soy profesor a tiempo completo, soy un catedrático y doy sólo sesenta horas de clases en un curso más unas pocas horas en un máster de derecho comparado. De estas sesenta horas que tengo ya no cuento con la libertad de decidir si doy cincuenta horas teóricas y diez prácticas, sino que ahora las normas internas de la universidad me dicen el máximo de horas de clases teóricas que debo dar y, por tanto, me fuerzan a dar un determinado número de horas de práctica, de tal manera que si yo quisiera cumplir estrictamente esa norma debería, desde el primer día del curso, hacer una clase práctica cuando mis alumnos no saben qué es el Derecho Romano, no saben qué es el Derecho, es decir, cuando no tienen ni una noción previa, yo ya debería estar empezando con una clase práctica. Al final, con el fin de ser pragmático, he resuelto mi problema de una forma y es echando mano de un pequeño librito italiano de Derecho Romano cuyo autor no voy a revelar; sacan de ahí mis apuntes de clase y voy desarrollando mi programa acorde a ese librito que tiene un formato pequeño, con unas doscientas páginas y con esa base ya empiezo a dar mis clases teóricas; pero para que ustedes se hagan una idea –yo no sé si esto le pasa a ustedes acá– al término del primer curso del nuevo plan Bolonia, mejor dicho al comienzo del siguiente curso algún alumno del curso anterior había hecho unos apuntes de Derecho Romano basándose en las clases que había recibido que eran cincuenta y tres folios, que es poquísimo, ese librito italiano que brevemente yo ya había consignado ni siquiera lo pudo leer. Doy un orden de cuarenta a cuarenta y dos horas de teoría, con lo cual paso lo que la universidad teóricamente me permite y alcanzo a hacer unas dieciséis horas de práctica, por lo que mis alumnos se quejan de que tienen demasiadas horas prácticas y les falta tiempo para estudiar.

¿Qué opina que la carrera de derecho dure cuatro años?

Bueno aquí lo que me cuentan es que se ingresa a la universidad muy joven y esos cursos generales de humanidades tienen la finalidad de elevar un poco el nivel cultural de los estudiantes que vengan poco prolijos de la enseñanza media. En España la enseñanza obligatoria dura hasta los dieciséis años, pero luego tienen dos años de bachiller, de manera que llegan a la universidad a los dieciocho años y se supone que ya están en condiciones de lograr lo que son los estudios universitarios, pero como la educación en España no es precisamente muy buena, yo a veces pienso si no acabará siendo conveniente que en España antes de empezar la carrera se les ponga un curso anual o semestral en el cual se les pueda elevar el nivel en lenguaje, historia, filosofía o geografía. Porque desgraciadamente llegan muy mal preparados. Todos han aprobado el bachillerato, en los exámenes de ingreso a la universidad entra casi 95% de la gente que postula, lo cual no lo hace muy selectiva, de tal manera que tal como va la cosa esos sesenta créditos de materias transversales no serán suficientes.

Citando una de sus presentaciones de 1996 en un congreso en Puerto Rico “A través del derecho romano en él y mas allá de él”, usted tomó un ejemplo entre un fontanero y un abogado. Pues bien, actualmente en la carrera de derecho, en la abogacía, se está inclinando un poco más a la práctica, dejando de lado la reflexión. ¿Qué tanto cree usted que el plan Bolonia provoca que el futuro abogado sea más parecido a un fontanero que a un abogado que reflexione?

En España y en algunos países Europeos no es así. Los psicopedagogos no sé por qué razones han alcanzado una influencia extraordinaria, se han infiltrado en las estructuras del ministerio de educación y han ido aplicando sus doctrinas que son extrañísimas, que no tienen nada que ver con la realidad, como la ley de “reaprender a aprender”, como consecuencia nunca se aprende nada. El aprendizaje debe ser divertido, oiga usted pero porque las cosas si se hacen bien tienen que resultar fáciles para los alumnos, pero en definición la universidad es difícil, ya no importan los conocimientos, esto lo he visto dentro de uno de los periódicos más importantes de España que han influenciado en el plan Bolonia. Otra cosa más que se dice “los estudiantes universitarios salen de la facultad con muchos conocimientos, esto hay que remediarlo, el plan Bolonia se encargará de eso; reducir por tanto los conocimientos de los universitarios para dejarle espacio a las habilidades, trabajo y resolución de problemas.” España absurdamente tiende a ese profesionalismo, no a la formación, quiere crear un tipo de licenciado y de graduado con un ligero barniz de conocimientos, pero sobre todo con habilidades y competencias trasversales, genéricas y toda clase de nomenclaturas absurdas, y realmente lo único que nosotros buscamos y queremos es que nuestro alumnos aprendan Derecho, entiendan la coherencia de un sistema jurídico y aprendan a razonar jurídicamente; la capacidad y liderazgo o el trabajo colaborativo lo podemos dejar aparte y debemos ver lo del trabajo común en la fábrica o en las empresas de trabajo en grupo. Pero los pedagogos españoles de Bolonia no se han percatado que están organizados por alguien que los dirige y exige, por tanto no todos trabajan en armonía en grupo y es claro darse cuenta de lo equivocado que están esas posturas.

En Alemania, que es la principal potencia europea de cultura, la ministra de educación de Baviera años atrás dijo: “Bolonia no es para nosotros, es para los demás”, y esta frase tiempo después la hizo propia el ministro federal de educación. Y es así que en Alemania, Bolonia no se ha implantado. También Grecia se suma en lo que respecta a derecho.

En Francia también se implanta Bolonia, pero más bien lo llaman “salsa Bolognesa”; han camuflado un poco las cosas, pero en el fondo siguen igual. Y en España, donde cometemos los mecanismos de la estupidez, ahí estamos, por desgracia esto resulta perjudicial para una ciencia de Derecho.

Una última apreciación, usted se dedica al Derecho Romano, pero también se ha dedicado bastante a lo que es la Historia del Derecho. Y revisando uno de sus artículos sobre “Teoría y práctica de la ley. Apuntes sobre tres juristas indianos”. ¿Qué tanto cree usted que podría estar facultada una persona o un abogado para poder distinguir en que caso la es la lex y el derecho es el derecho? Es decir, ¿que el derecho es más que la ley?

Claro, el derecho es más que la ley. El derecho es muy antiguo y con mucha historia tras su espalda, y la ley tras ella tiene un bagaje de teorías, doctrinas, estudios y conceptos que constituyen una manera formidable de constituir frente al ámbito del legislador. Desde luego para mí el derecho es un cosa y la ley surge del derecho, pero no es el derecho; y estos tres juristas españoles que hago referencia toman como base la ley, pero luego viene la interpretación, la cual no es y nunca debe ser arbitraria, sino que debe seguirse unas reglas, pero aun así hay que analizar con mucho cuidado una ley, porque se puede hacer decir a una ley lo que en principio parece que quiere decir y muchas veces logra escapar de lo que realmente quiere decir la ley, especialmente lo que el caso pide. No digo que sea siempre, como por ejemplo los romanos que son el pueblo del derecho, no son el pueblo de la ley y el desarrollo del Derecho Romano es fundamentalmente jurisprudencial. Los juristas pontífices primeros interpretan la Ley de las XII tablas bajo su gusto, sobre la base de esas leyes, respetándolas hasta que llega un momento en el que ya no se puede interpretar y luego intervienen otras leyes, y así el Código francés, el Código Civil español y otros tantos siguen como base hasta ahora, ¿por qué?, porque son bases instrumentales.

Valeria Caparó es alumna de la Facultad de Derecho en la Universidad de Piura. Realizó un intercambio en la Universidad de Navarra – España. Colaboradora de la Revista Ita Ius Esto.

Rafael Santín es alumno de la Facultad de Derecho de la Universidad de Piura. Presidente de la Asociación Civil Ita Ius Esto.